jueves, 23 de noviembre de 2017

A la intemperie

No está acá,
no está en ningún lugar.

Parpadea,
mueve una pierna,
y la otra.
Las estira,
y estira su cuerpo.
Ni él puede entrar en sus pensamientos.
Pero se sospecha que allí habitan muchos fantasmas.

Algunos fantasmas le susurran que esta vida puede robar su alma.
¡¿Qué saben?! ¡Si nadie pudo ver su alma!
Otros murmuran que es frágil como un papel,
que no puede evitar pensar en todo el tiempo que perdió.

Cuando los sueños se comprimen,
hay recuerdos que quedan en la periferia y se pierden.

No podemos pasarnos toda la vida soñando…
Mordió sus labios, otra vez.

Suena un teléfono
y rompe el cristal de la satisfacción.
Pero vemos que en realidad no nos altera.
Incluso, después de varios timbres,
elegimos atender.

Para disfrutar del silencio,
primero hay que sumergirse en el ruido.

El sol ya no arde,
la noche aún no llega.
El tiempo está detenido.
Debe resolver exactamente qué hacer
cuando se reanude su marcha,
necesita saber cuándo tiene razón
y cuando se equivoca.
Dudas sobre las propias certezas…
no quiere tener dudas.

Creación fragmentaria…
el miedo de que su voz se pierda en la multitud,
de que su voz sea ninguna voz.

Todo lo que sus ojos pueden ver
puede también escurrirse entre los dedos.

Como si el tiempo se hubiera suspendido,
estamos a la espera de que todo se transforme dramáticamente,
en el medio de una atmósfera opaca y calma.

La luz se obturó y angostó su panorama.
Cada segundo es un siglo de miedo.

Justo cuando tenía decidido avanzar en una dirección,
el camino mostró curvas y desviaciones.

¡La luz, la luz…!
Salí de la luz…

El sonido de las puertas que se cierran
se mezcla con el de las posibilidades.
Juego de balanzas.

En la oscuridad fue descubriendo un encanto,
el de los pasos por encontrar.

No está acá.
Está en los bordes del agua del mar,
entre la profundidad y el aire, de cara al cielo.
A la intemperie…

Si el tiempo fuera solo el transcurrir…
O si al tiempo pudiéramos solaparlo…
Se siente como en un reloj de arena.

Tal vez solo se trate, por un momento, de subsistir
a un momento de aburrimiento,
de bronca, de tedio.
Sacarse de encima la cultura.

martes, 16 de mayo de 2017

Dos por uno

Cuando faltaban días para que cientos de miles de personas marcharan a la Plaza de Mayo en repudio al fallo de la Corte Suprema sobre reducción de penas para acusados de delitos de lesa humanidad, escribí esto, ante una convocatoria colectiva de un grupo de actores y escritores...


Esas palabras

El significado de la palabra genocidio no lo aprendí en la escuela. Tampoco me lo enseñó la televisión. La primera vez que supe de su existencia fue a través del fútbol: creo que tenía 11 años, estaba leyendo un libro sobre la historia de los mundiales, y vi la palabra maldita en un epígrafe del capítulo dedicado al Mundial Argentina ´78.

Porque es así, arrastramos esa vergüenza —que no es culpa del fútbol—, la de organizar un torneo de esa magnitud mientras en el patio del fondo de nuestra casa, en las catacumbas, había gritos que no festejaban goles.

Decía que conocí esa palabra leyendo un epígrafe. Podría buscar el libro, que estaba bueno y era un regalo de mi abuelo a mi padre. Pero mientras escribo, prefiero recordarlo, hacer el esfuerzo y ejercitar la memoria —esa otra palabra. La que nos mantiene vivos como conjunto.

La foto que ese epígrafe describía mostraba al capitán de la Selección, Daniel Passarella, de espaldas, mientras recibía los saludos de los sonrientes Jorge Rafael Videla, Emilio Eduardo Massera y Orlando Ramón Agosti, de frente. Decía algo así como “Passarella recibe la copa de los genocidas”. Le pregunté a mi viejo qué significaba, y sin rodeos respondió: “Asesinos”.

Yo era chico, pero estoy seguro de que en ese momento pude identificar la paradoja, la ironía, la gravedad y hasta lo cínico del hecho de que una foto y un epígrafe pudieran enlazar genocidio, sonrisas y también Estado. Porque a los 11 años ya sabía que en aquella época, la de los ´70, al país lo habían gobernado los militares que mostraba la imagen del libro.

Desde entonces, me interesé por saber más. Pero solo bastante tiempo después supe que cuando yo conocí la palabra maldita en realidad no se juzgaba a nadie. En los ´90, a nadie se juzgaba. Es más: algunos represores iban a la tele, como Massera o Miguel Etchecolatz. El miedo, ahora, en parte tiene que ver con eso: con que no se juzgue a nadie. Otra vez.

También acecha ese temor a sentirse solo, tan reconocible. Esa horrible sensación de que, ante determinadas situaciones, no hay a quién acudir. Ni un Estado que dé respuesta a la injusticia.

En estos tiempos, posmodernos, resulta para muchos tentador reducir todo a la mínima expresión: una imagen, una abreviatura, un emoticón, un hashtag, un mensaje que no supere 140 caracteres… y algunas otras formas de espasmos comunicacionales. Así, parece que poco se explica, poco se profundiza y por lo tanto, poco se dice. Un hashtag tremendamente actual es #2x1. Asusta pensar que la vorágine y el vértigo mediáticos terminen banalizando temas tan caros a nuestra historia. Todos los días podemos escuchar o leer las palabras “dos por uno”: son parte habitual de la jerga comercial del bar, del almacén, del supermercado, de las tarjetas de crédito. Lo triste es que esta vez no. Son parte de la jerga de los genocidas y de la Justicia que los protege. En estos días, cada vez que resuenan estas palabras dos por uno no pensamos en ofertas, pensamos en aquella otra palabra: genocidio.

El miedo es potente. La sola palabra también lo es. El miedo a quedar solos no es la excepción.

Pero al miedo se lo puede relativizar y discutir. La convocatoria a movilizarse colectivamente es muy grande, apabullante. Entonces, hoy nadie está solo. Se convoca a no estar solo ni quieto.



Nadie desconoce la palabra genocidio, hay quienes la aprendieron a los 11, otros antes y muchos después. Nadie desconoce por qué se movilizó. Somos muchos. Somos distintos. Estamos por lo mismo.

martes, 25 de octubre de 2016

Habitar más de un mundo

Viví aquella noche como se vive una noche definitiva.

Horas profundas,
suaves dolores.
Suspendido en tiempo y espacio.
Densa actividad mental, pero envuelto en un relajo:
la actividad licuó la violencia.

Viví esa noche como se vive una noche definitiva.
En todo momento tuve eso presente.
Siempre con la piel erizada, con la mirada al frente,
con los sentidos muy alerta.
Pensé en un cuerpo anónimo,
y en estar en los dos lugares del abrazo.

Hay un mandato que no huele a tal,
que es pura satisfacción y pura realidad en simultáneo:
crecer en lucidez.
Lo pienso, lo digo sin hablar,
sonrío nítidamente.
Soñar no es pensar deliberadamente.

Los sueños se basan en la realidad,
aunque cueste asimilarlo.
aunque la mirada, cabizbaja, devuelva
papeles quemados extinguiéndose y cenizas,
sin que nada vaya a pasar después.
La realidad, como la cadencia de un goteo
que erosiona las piedras.

Se trata de alfileres en la estructura,
una vez más lo compruebo.
Siempre desafiando los propios límites
en nombre del deseo
No, mejor: de la satisfacción. O de su ilusión.
Siempre en carrera, hasta estar en paz con la mente.
Habito dos mundos,
dos por lo menos.

Las infinitas posibilidades dan miedo…
¡Que todo tenga un sentido!
que no sea un capricho…
El relajamiento mental no parece estar a la vuelta de la esquina.

Todos tenemos un sueño, o más.
El mío, en este momento, es dormir.
No importa si con los ojos cerrados o abiertos.
Dejarse llevar,
no sentir ansiedad.

lunes, 11 de julio de 2016

Fronteras cotidianas

Creo que quise hablar
y no salió mi voz.
Como si la voz,
en lugar de llegar hasta el borde de la boca,
se hubiera quedado hundida en lo hondo de la garganta,
sin asomar.
Pateé al aire.
Taconeé como un caballo perdido.

Una penuria,
barro,
surco,
música épica.

Te asustás,
y mientras eso pasa, estás bajo el agua.
Solo por miedo actuás

“No puedo escapar.
Estoy atrapado en mí mismo”.
No querés abrir los ojos.
Dos veces te bañás,
hay mucho por lavar.
Maldecir hasta lo indecible.
Se vive mal.

“Me sobreestiman cuando voy a entrar en acción,
me subestiman cuando les digo la verdad”.
Desprecio por la especie…

Un ladrido de autoridad.
Lo que da el carácter…
A veces me rindo,
A veces no.

Siempre estamos buscando algo afuera.
Lo que no podés ver
igual está en algún lugar.
El deseo es una frontera cotidiana.

Escindir mi mente de mi cuerpo,
entre el sueño y la vigilia.
Que no importe tanto saber qué día es
Que la vida no sea semana tras semana

Fascinaciones,
Pasiones
que habitan dos mundos distintos,
ajenos entre sí.
Refugios de comodidad,
instantes de lucidez.

Nos vamos a levantar todas las veces que nos caigamos.

jueves, 26 de mayo de 2016

En algún lugar, fuera del tiempo

Mis palabras perdí,
por vivenciar con el cuerpo.
Más tarde las recuperé,
pero ya no era el mismo.

Mi torso cobró vida,
me digo,
aunque sonriente sospecho que ya la tenía.
Di pasos de antílope,
marché erguido, mi pecho lució desafiante.
Miré con ojos de halcón.

Mis pupilas crecieron
al ritmo de mis ideas,
y por un segundo de ellas
vos dejarías de bailar.

Si te contara lo que vi,
en el fondo me creerías.

Hombres y mujeres ardientes.
Eso somos.
Voladores,
planeamos, caemos elegantes,
y volvemos a flotar.
No es que no pensemos:
simplemente no dudamos.
Nuestros cuerpos ya saben qué hacer.
Al caer, sentimos el suelo
más enérgico y confiable,
más satisfactorio e inevitable.

El cielo sopla su frío nocturno
y nos refresca.
Le sonreímos con gratitud.

Al abrazarnos
inauguramos una nueva unidad,
pero no la podemos nombrar,
porque no es necesario.

Nada nos obsesiona,
Nada opera de manera enfermiza en nuestros nervios.
Lo que ocurre, lo hace probablemente por algún buen motivo.
Y lo que no, simplemente no ocupa nuestra agenda.
Tal vez sea el tiempo el único empecinado en seguir corriendo.

Pensar, reír, hablar y bailar:
ya no son los capítulos de una narrativa lúdica,
sino solo las manifestaciones de un juego sin interrupciones,
sin estrategia, sin reglas, sin plan.

Cuando la noche termine,
si es que lo hace,
hay algo que querría decirte.
No tengo claro qué es,
aunque ahora tampoco importa.
Forjemos una unidad,
lo demás puede esperar.

lunes, 14 de marzo de 2016

Diagonales

Una imagen hipotética
-solo hipotética-,
que se repite una y otra vez,
tanto como el golpe de un martillo,
como una sentencia implacable…
tanto que parece cierta e irrefutable.
Lo que escapa a la comprensión.
Nuestro orgullo se hunde, se esconde.

La superficie,
y lo que hay abajo.
Arena.
A veces no hay nada más
que lo que aparece en la superficie.
(Cuando la idea es más atractiva que el objeto de esa idea).

En transición. En el camino eterno hacia algo.
Tu figura es una excentricidad.
Subrayar el problema cuando aún no existe…
cuando no podés hacer todo lo que querés,
asegurate al menos de hacer algo.
Nadie reniega de su identidad.

Se enredaron los impulsos,
la neurosis los expulsó
en la forma de una caótica manifestación
sonora y visual.
Las palabras están a disposición.

Abro los ojos,
veo la estepa.
Un batir de alas.
Cierro los ojos,
zumban moscas,
la huida de un antilope
me sacude del sopor.
Es la sabana en su crudeza.
El río se está llevando todo,
como en un viaje.
Combatir el destierro, convivir con él.

Nunca vemos a ciertas personas del todo,
solo se nos representan sus perfiles.
Cuando llega el momento de sacarse el antifaz…
algunos tiemblan,
otros ríen.
Tirando diagonales,
el camino puede ser excéntrico
y satisfactorio.
Todo lo novedoso se queda en este viaje.

sábado, 9 de enero de 2016

Espacio infinito

La libertad se presenta esta vez
como un campo abierto, inmenso,
más grande que nuestra expectativa,
que nuestra mirada,
nuestra memoria,
nuestra capacidad de reflexión.

Atravesar los marcos de un cuadro
y salir al exterior. A flote,
nadando por el aire.

Hundidos en la selva
o a salvo de ella, muy cerca.
¿Importa? ¿Da lo mismo estar acá que allá?
¿Importa si no hay alma?
Como fantasmas en el paisaje.
Ellos no ven nada que no esté frente a sus ojos

Vamos al jardín,
vamos al bosque.
Sin palabras que filtren el aire.

Son leones, neones,
Familias chinas dibujadas.
Afuera, flores.
Arquitectura, gran palacio.
Abren, cierran fauces, agitan melenas.
El cielo tiene sus labios.

En el fondo, en algún lugar,
siempre está la conciencia.
Ahora que el piso no se mueve tanto,
ahora que todo parece estar en orden,
ahora es tiempo de soñar.
Creer en la dinámica de la vida.
Puertas y ventanas no cierran del todo.